Cultura

Naturaleza y cultura se mezclan en este territorio, marcado por la vida en loscaseríos y su vinculación con el bosque y el pastoreo. La historia invita a conocer los secretos que esconden conjuntos de megalitos, estelas discoidales, ecos de las guerras carlistas o de los días del contrabando que tanto han marcado a los habitantes de ambos lados del Pirineo.

FORMAS DE VIDA

Etxalar es un pueblo que sabe mucho de historias de ida y vuelta, de “trabajos nocturnos” por el bosque y de relaciones que no entienden de fronteras.

UN LUGAR HABITADO DESDE LA PREHISTORIA

Los monumentos megalíticos repartidos por los montes de Etxalar demuestran que en la Edad del Bronce y Hierro hubo asentamientos en la zona. Eran sociedades que sobrevivían gracias al pastoreo, la recolección de cereales, la caza y la pesca. Aunque se movían en busca de pastos para sus animales, mantenían siempre un sitio fijo para vivir. Muchos de los dólmenes, cromlechs, túmulos y menhires que nos dejaron se localizan en la parte oriental del monte Centinela, en las faldas del monte Arxuria o en las laderas de Iratzako.

ESCENARIO DE GUERRAS CARLISTAS Y NAPOLEÓNICAS

Estos montes, cordales y valles de frontera han sido escenario de múltiples conflictos bélicos, entre ellos, las guerras napoleónicas (Guerra de la Convención, 1793-1795 y la Guerra de la Independencia, 1808-1814) y las guerras carlistas. En el monte Peña Plata (Arxuria) todavía quedan restos del fuerte que levantaron los carlistas para controlar los movimientos de todo el entorno. Fue el lugar donde se fraguó la Batalla de Peña Plata, que puso fin a la tercera y última guerra carlista.
El miedo y la presencia continua de soldados que necesitaban alimento agudizó el ingenio de las familias, que escondían sus animales en el bosque o sepultaban comida en montones de excrementos para evitar que se los llevara el ejército.

LAS FERRERÍAS Y LAS CALERAS (KISULABE)

Las ferrerías supusieron un gran empujón para el desarrollo del núcleo urbano. Se instalaban en los márgenes de los ríos para aprovechar la fuerza del agua y, con la madera que extraían de los bosques, hacían el carbón vegetal que utilizaban para transformar el mineral de hierro en hierro y acero.
Hoy en día, apenas quedan restos de estas construcciones. En cambio, sí permanecen en pie alguna de las 80 caleras que se levantaron en caminos y prados, primero, para fundir minerales, según se ha comprobado recientemente; y después, para obtener cal para usarla como abono y para trabajos de cantería.

EL CASERÍO Y LA BORDA

En la Edad Media, las sociedades vivían en núcleos concentrados. Si das un paseo alrededor de la iglesia de Etxalar, podrás deleitarte con las elegantes casas, construidas en sillería con entramados de madera de roble y balcones. Con el paso de los años, se produjo un aumento demográfico y se habitaron las bordas del monte que, en inicio, eran dependencias de las casas vecinales. Así nació el caserío vasco en Bortziriak (Cinco villas: comarca que agrupa a Igantzi, Arantza, Lesaka, Etxalar y Bera), que alcanzó su máximo apogeo en los siglos XVIII y XIX, con 160 caseríos diseminados por el monte y dedicados a la agricultura y ganadería.

TIERRA DE CONTRABANDISTAS

El contrabando supuso, particularmente después de la Guerra Civil, un complemento importante a la paupérrima economía familiar. El conocimiento detallado de los caminos y pasos fronterizos permitía el transporte de mercancía de noche (cobre, rodamientos, vajilla, calcetines, medias de cristal, puntillas…). Esta práctica conocida como “gau lana” (trabajo nocturno) fue el pan de cada día para un centenar de vecinos del pueblo, que solían acarrear entre 30 y 35 kilos en sus espaldas.
La habilidad de los contrabandistas para eludir los controles policiales también sirvió a combatientes aliados, aviadores y fugitivos para huir de los nazis durante la II Guerra Mundial. El itinerario de Lizarieta (Sara-Lizarieta-Bera) fue una de las rutas alternativas a la Red Comète del Bidasoa cuando ésta fue descubierta. En los años 70, muchas personas utilizaron este paso para escapar de las dictaduras de sus países.

UN PUEBLO LIGADO A LA EMIGRACIÓN

El hambre que se instaló como consecuencia de las Guerras Carlistas y del cierre de ferrerías en el siglo XIX llevó a muchos habitantes de Etxalar a emigrar a Argentina, Uruguay o Chile en busca de nuevas oportunidades.
Este episodio de migración volvería a repetirse a mediados del siglo XX. En los años posteriores a la Guerra Civil, los caseríos y casas del pueblo se fueron vaciando de habitantes y ganado y gran parte de los jóvenes del pueblo se trasladó a América para trabajar como pastores.

UN MODO DE VIDA COMPARTIDO

El sentido de comunidad siempre ha estado y está presente en un territorio que no sabe de fronteras. Desde tiempos inmemoriales, el pastoreo comunal permite que el ganado de cualquier vecino paste libremente en terrenos de propiedad comunal. Cada cinco años, en Mahai Harria (puerto de Lizuniaga) se renueva el pacto de facerías para aprovechar los pastos de Bera y Etxalar (Navarra) y Sara, Biriatou, Urruña y Azkaine (Lapurdi).
En el entorno de Lizarieta, se comparte el euskera, las danzas populares, la trikitixa, las estelas, el contrabando o la caza con red. Señas de identidad que hoy en día se mantienen vivas gracias al trabajo de generaciones de etxalartarras y saratarras.